“La guerra sucia” (1976-1983), nombre por el cual fue conocido el período de la dictadura militar en Argentina, es uno entre los tantos vergonzosos momentos de la historia política latinoamericana del siglo XX. Millares de personas fueron asesinadas, y muchos de sus cuerpos jamás fueron encontrados. Marcelo Brodsky (Buenos Aires, 1954), expone en galerías de arte y en museos alrededor del mundo
el resultado de su investigación sobre este asunto, realizando activismo político y fotografía. Imágenes fotográficas, videos, textos y noticias recientes de los diarios sobre el tema forman parte de sus exposiciones. El artista tenía un hermano, Fernando, secuestrado y asesinado por el régimen militar en 1979, a los 22 años. Cuando Brodsky regresó del exilio en España, a mediados de la década de 1980, comenzó a investigar sobre el destino de los viejos compañeros de la escuela: ¿Dónde andarán ahora? Muertos, desaparecidos, exiliados. Su obra comenzó a existir a partir de la tensión que se desarrolla entre el luto por su hermano y su compromiso con la defensa de los derechos humanos. Como fotógrafo, Brodsky se apropia tanto de imágenes familiares y de archivo (donde informa las fechas originales de archivo, sugiriendo que aquellos son los años de creación de los trabajos) como del registro de objetos, documentos y monumentos relacionados con la desaparición de personas y con la pérdida de la libertad. Nexo y Buena memoria, dos exposiciones del artista, fueron recientemente agrupadas en las galerías del Centro Cultural de la Universidad Federal, en la ciudad de Belo Horizonte, una buena oportunidad para ver el trabajo del artista argentino en su compleja articulación entre imaginarios colectivos y personales.
En una íntima relación entre texto e imagen, toda su obra se mueve entre estos dos campos a través de los cuales expresa sus conceptos. Del grupo de imágenes apropiadas por el artista, algunas llaman inmediatamente la atención. El diálogo entre las obras en el montaje de las salas (lamentablemente un tanto precarias) es igualmente diverso que las fuentes, alternando los registros entre lo público y lo privado: Fernando en La Boca (1968) es una bella fotografía del hermano joven, retratado por la madre para un concurso de fotografía, como explica el texto puesto debajo en la pared. Casi frente a este retrato, se encuentra la serie Jugando a morir (1966), donde su hermano y él aparecen en imágenes domésticas de la infancia, en un duelo de arco y flecha. El artista revela sentidos proféticos de las imágenes del álbum de familia. En otra foto, viajan los dos en un barco sobre el río de la Plata. Una ampliación grande al lado, Río de la Plata (1997), es el detalle de la superficie de un marrón terroso del río: “Tumba inexistente” adonde tantos fueron lanzados, se lee en el texto adjunto.
En Los condenados de la tierra (2001), fotografías hechas a partir de un video y de una instalación con el mismo nombre, libros de contenido transgresor son metafóricamente retirados de la tierra, donde habían sido escondidos de la represión por sus propietarios, y expuestos luego, cubiertos de polvillo y carcomidos por el tiempo después de casi 20 años. Reflejos Feria del Libro IV (2000) registra las expresiones de los espectadores de una exposición del artista, viendo los libros desenterrados. Los efectos que al fotógrafo le interesa registrar pueden estar en las caras consternadas de las personas o en objetos que, provistos de algún tipo de aura, se transforman. Se trata, en fin, de perseguir un retrato imposible, el del desaparecido. Es en ese sentido que las obras proponen un diálogo posible con el periodismo y el documento de denuncia, operando, no obstante, en un campo más sensible de comunicación.
En algunas de las más bellas imágenes de la exposición, Brodsky registra montones de documentos provenientes de los archivos de la policía. Pequeñas esculturas hechas por las manos de la burocracia represiva, los volúmenes, hinchados de información, son objetos mudos que no pueden comunicar lo que el artista pareciera querer revelar: ¿Qué pasó con los criminales? Así también, Brodsky siente el deseo de fotografiar aquellos tantos montones de archivos, después de haber pasado de mano en mano. La serie Árbol muestra un recordatorio construido en la provincia argentina de Tucumán, para el cual familiares de víctimas de la guerra sucia son invitados a plantar árboles en un jardín público. Los nombres de los parientes muertos fueron colocados junto a las jóvenes plantas. La cámara registra el monumento alterado por el tiempo, las letras corridas por el agua. Monumento y vida buscan una coexistencia en el recordatorio; por lo tanto, las fotografías desmienten esa posibilidad. Los textos e imágenes de Brodsky se constituyen en la búsqueda por la memoria —afectiva, colectiva, personal, institucional, cultural, política—, a lo largo de la cual él construye su rica (y triste) visión sobre la pérdida. Históricamente su fotografía nos hace recordar el impulso de captación del instante y de su poder de denuncia, también
porque nos hace ver lo contradictorio de esos conceptos. La práctica fotográfica se materializa aquí en un inventario de pequeñas afecciones de la pérdida; imágenes relacionadas con un luto sin cuerpo.
Rodrigo Moura
Centro Cultural UFMG (2002)