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Mar. 11.08 al 04.09
Galería Rubbers

Liliana Golubinsky: Buscando al ciervo rojo

Buscando al ciervo rojo es una exposición individual de Liliana Golubinsky con texto de Julio Sánchez Baroni.

Buscando al ciervo rojo

Entrar en el mundo pictórico de Liliana es casi equivalente a abrir las páginas de Las mil y una noches. No por una inclinación al orientalismo, sino por su pasión por crear una multitud de historias y personajes. Describir cada uno de ellos sería agregar un capítulo más a El vértigo de las listas, de Umberto Eco, o a las enumeraciones que tanto fascinaban a Jorge Luis Borges, presentes en textos como El Aleph, Funes el memorioso o El idioma analítico de John Wilkins. Tal es la riqueza narrativa de su obra. Al igual que en El jardín de las delicias, de El Bosco, cualquier pintura de Liliana puede convertirse en una auténtica conversation piece: cada figura y cada situación tienen el potencial de detonar una fábula, o una épica. Algunos aparecen en una escena—como el hombre del gorro negro— y parecen saltar de una obra a otra. En ese río torrentoso asoman animales, plantas, árboles y hongos; algunos se reiteran en distintas composiciones, mientras que otros tienen una presencia más fugaz. Por alguna razón indescifrable, la figura del ciervo ha adquirido una fuerza singular en sus obras más recientes. No se trata de un ciervo en sentido estricto, sino de la idea de un ciervo que se manifiesta de diversas formas. Puede aparecer rojo; a veces es un centauro cuya cabeza humana porta una cornamenta; otras, un ciervo con rostro de hombre. Revisar cada pintura es como hojear aquellos espléndidos bestiarios medievales poblados de aves fénix, sirenas aladas, grifos, dragones y basiliscos, o cómo leer las páginas de El libro de los seres imaginarios, de Borges. Sin embargo, Liliana no ilustra ni reproduce ninguno de esos repertorios. Cada animal —o cada “entidad”, para no ser tan específicos— responde a su propia imaginación, a sus sueños y pesadillas. Fue Alejandro Grossato, gran erudito en simbología, quien examinó las metamorfosis entre lo humano y lo animal. En el capítulo dedicado al “hombre-ciervo”, rastrea esta imagen desde las pinturas rupestres de la gruta de Trois Frères hasta la orfebrería celta, representada por el célebre caldero de Gundestrup. En la tradición cristiana, tanto a san Huberto como a san Eustaquio se les aparece un ciervo entre cuyas astas resplandece un crucifijo, acompañado por una voz que los llama a abandonar las vanidades del mundo para seguir el camino de Cristo. En numerosas culturas también es frecuente la asociación del ciervo con prácticas chamánicas, mientras que en la mitología griega aparece vinculado a Artemisa, diosa de la caza. Fue ella quien transformó a Acteón en ciervo para que sus propios perros lo devoraran, castigándolo por haber contemplado su desnudez. Así, el ciervo que atraviesa las pinturas de Liliana parece condensar una compleja red de resonancias simbólicas: criatura de los bosques y de los sueños, figura de la transformación, puente entre lo humano y lo animal. Pero, sobre todo, es una presencia que escapa a toda interpretación definitiva, reafirmando el carácter abierto, inquietante y profundamente imaginativo de su universo pictórico.

 

                                                                                                                                                                                              Julio Sánchez Baroni 

 

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