Hay cierta literalidad en el título “De Tierra”, perceptible a la vista en los materiales y la temática de las obras aquí expuestas. Sin embargo el factor “tierra” es en definitiva, bastante más intravenoso, celular e infradérmico de lo que podría intrepetarse. Los porqué de esta filiación deberían ser obvios, aunque ya nada es obvio en estos tiempos.
Mamani propone elementos que parecen primigenios, no queda claro si lo que estamos viendo es a escala volcánica o microscópica, si hacen un apocalipsis diminuto o colosal aquello que estalla. Nos deja la reflexión sobre cuán macro es lo que consideramos micro y cuán micro puede ser aquello que percibimos como macro.
Pontés, desde un aeroplano y armada con una cámara de placas, captura desde el aire la devastación minera en su natal Minas Gerais. Las tomas son de un impacto estético solamente comparable con el ambiental. Pontés pone en evidencia la magnitud de la extensión de aquello que cambió para siempre, donde el color en vez de ser expresión de vida, es más bien, razón de alarma.
Jusa y Figuerero, han creada cada cuál, una versión de los habitantes de esta tierra en exposición. En la obra de Figuerero las máscaras que cubren los rostros de los personajes en sus pinturas sugieren un vínculo más allá de lo identitario con los elementos que exponen: se sienten interespecie, zoomórficos, como una doble naturaleza coexistiendo en un cuerpo humano. Para Jusa, es la naturaleza misma la que hace la corporeidad de estos seres cuya piel no es otra que la que cubre los bosques. No son esculturas inertes, son una familia silente que se miran entre ellas y habitan el espacio como cualquier otra forma de vida.
De Tierra es en definitiva, un cúmulo de himnos de distintas voces y cuerpos, escuchémoslos cantar, incluso si el sonido es solo silencio.