Romina Orazi | VISIONES ANCESTRALES SOBRE EL FUTURO
Se empieza por cualquier pieza y a mí me habla primero Doble Paisaje. Es una epifanía verde, es un reconocimiento de algo que olvidamos. Que la Tierra sabe. Que piensa, la Tierra, con un pensamiento de escala inconcebible para nosotros. Pero ahí está, en una mesa, unas sillas, devolviéndole a la madera algo de su respiración de árbol, de su entrega a la fotosíntesis, a la creación de mundos. Porque eso hace la Tierra: seres que sólo con la luz y el agua —un poco de suelo viene bien también pero atención que el suelo es su matriz y su producto a la vez— crean eso que llamamos biósfera y que teje en su red todas las formas de vida que conocemos. Luz, fotosíntesis, agua: difícil encontrar materias y procesos más sagrados. ¿Qué podría ser más sagrado que la vida misma, que la determinación de la Tierra en su creación incesante?
Eso que olvidamos, que fuimos y somos forzados a olvidar, está ahí. En el musgo que le devuelve la vida a la madera. En los bosques que vuelven a crecer aunque les lleve siglos. En los pueblos que los habitan y los defienden contra toda la máquina de muerte que nos domina y los extermina primero a ellos. En los destellos de reconocimiento de algo verdadero, ancestral, que aun laten en nosotros y nos iluminan cuerpo y alma cuando, por ejemplo, vemos en una pintura al yaguareté con colmillos verdes. Al huevo que contiene, presumimos, algo del agua verde que, se nos hace evidente como si lo hubiéramos sabido siempre aun cuando lo estamos descubriendo en la obra, opera como un líquido amniótico de la biósfera. A los dibujos de los seres que habitaron, en algunos casos siguen habitando, estos territorios. Me recuerda, esta muestra, algo de lo que habla, entre otros, el pensador indígena Airton Krenak: ellos, los amerindios, sueñan con el río y la montaña, que también sueñan con ellos. En esos sueños, comprenden la perspectiva del río. Hay comunicación ahí. Nosotros, los formados por Occidente, no sabemos ya soñar así. Fuimos cortados de la red de la vida. El arte es, quizás, una de las pocas prácticas que, a veces, logra entablar esa comunicación nuevamente. Esa comunicación, esta, es ancestral. Y es una de nuestras pocas posibilidades de futuro. Reconectarnos. Anudarnos otra vez con esa red, la de la vida. No va a quedar mucho de nosotros si no lo hacemos pronto. Artistas como Romina Orazi nos llaman con sus obras. Las mirás, las olés, las escuchás. Y sentís la verdad que hay ahí. La belleza sentís. Tenemos derecho a la belleza, lo que es decir a la vida. Un poco a la manera que lo dice Caístulo, artista profeta wichí que entiende lo que cantan los árboles, lo traduce a la función poética de su lengua, el canto sagrado, y luego al castellano y al poema junto con Dani Zelko. Dice así, Caístulo, cuando habla de los árboles: “estas son las madres / son las que comparten / con semillas / la vida que no fracasa nunca”.
Gabriela Cabezón Cámara