Las partes de un todo
La observación es una de las primeras acciones que ejecutan tanto un científico como un artista. Observar implica poder dar cuenta de los elementos que componen un objeto o fenómeno. Es decir, analizar, separar, para comprender cómo interactúan las partes de un todo. Ese fue el camino de Dafne Kleiman, diseñadora gráfica y artista visual, cuando se trasladó a vivir al campo: de la ciudad excitante, llena de estímulos como es Buenos Aires, a habitar las solitarias sierras uruguayas. Una experiencia introspectiva que, sin dudas, la llevó a reflexionar sobre su entorno y volcar todo el bagaje conceptual que adquirió en su profesión.
Con el día, los días, marcados por la cadencia de la luz en las distintas estaciones, ajenas al control del reloj, la artista abrió sus ojos y su mente para reconstruir de forma empírica lo que sabía: los infinitos pasajes de cálido a frío del atardecer en el horizonte, la indefectible caducidad de las hojas y su renovación posterior en incontables verdes, la vibración del viento sobre la tierra, los sonidos diurnos y nocturnos; en síntesis, ese fenómeno coral que implican los ciclos de la naturaleza. Llevada esta experiencia a su práctica, la cerámica, son la tierra, el agua, el aire y el fuego los que permiten el nacimiento de esos nuevos objetos que actúan las percepciones e intuiciones de la artista. La tierra y el agua son la materia prima, y el aire y el fuego, las materias-agente para su transformación. El horno, el espacio físico y simbólico donde esos cambios ocurren gracias a las acciones del artista y la agencia propia de los materiales, concepto este último de las teorías neomaterialistas en las que Kleiman basa su reflexión. Así, la artista señala la existencia de un quinto plano que se suma al de los cuatro materiales. Una quintaesencia, como poéticamente la llama, que “es vínculo, intervalo. Es lo que sucede entre las piezas, entre el color y la luz. Entre el tiempo y la percepción del espectador. Es sobre todo una posibilidad: la de ejercer conexión desde la conciencia de conformar un entramado más amplio”.
“¿Qué nos vincula a la naturaleza?” es la pregunta que, cual mantra, conduce su búsqueda artística. “Mi obra explora la relación ineludible entre lo humano y su entorno, utilizando lo morfológico y material para indagar sobre las conexiones que nos unen al mundo natural. La tierra, el agua, el aire y el fuego son ontológicos al proceso cerámico y no actúan como meros recursos; funcionan como agentes activos en un ciclo de integración y transformación dentro de mi práctica”.
Cada color de la extensa gama que aborda, por ejemplo, en Devenir estacional implica una formulación específica de pigmentos y técnicas no tradicionales. Cada pieza del conjunto (abstracción geométrica de una hoja) se curva levemente y actúa así el efecto de la gravedad y la paulatina caducidad del tejido vegetal. También el color implica este proceso: el biociclo por el cual, de forma pausada e indefectible, la hoja perece, se degrada, retorna a la tierra para volver a comenzar el ciclo que garantiza la riqueza del suelo.
En Arboretum -instalación precedida por varias performances de observación y “toma de muestras”- Kleiman imprimió la corteza de algunos árboles del parque botánico Lussich,[1] en la costa uruguaya, en busca de las texturas, las huellas de su crecimiento, el tiempo, la memoria de las estaciones, los climas, la fauna y la flora presentes en la superficie de cada ejemplar. Sin idealizar, con la impronta brutalista de cada tronco (la corteza sobre la placa de barro crudo), la artista creó una “colección de la colección” del jardín botánico y su diversidad, que incluye la azarosa figura de los líquenes, esos organismos surgidos de la colaboración (“interfaz química”) entre un hongo y un alga o una cianobacteria. Un híbrido fruto de otro híbrido. Así, la artista homenajea la vitalidad de ese ecosistema en el que ve confluir “fuerzas biológicas, geológicas, históricas y culturales”. Estos procesos, la temporalidad que implican, conducen a pensar en el “vasto entramado que nos excede”, señala. No habría duda de que la humanidad vibra, en distintas proporciones y situaciones, con la misma energía que los materiales que utiliza.
La exposición, con cada una de sus instalaciones, reconstruye el sistema de relaciones que implica la construcción cultural que llamamos paisaje, fruto de convenciones de representación, reglas sociales, las visiones de la historia del arte y los estudios sobre la percepción. Diversos fragmentos (cielos, mares, bosques) reenvían la contemplación hacia lo que sabemos acerca de la naturaleza. Sin dudas, todo paisaje es abstracto, ya que la representación solo da cuenta de parte de lo visible.
Quintasesencia es el nombre de la muestra, pero también de cinco obras que expresan esa idea de vínculo, de relación que une a los cuatro elementos. Cuatro triángulos escalenos (de lados desiguales) insertos en un cuadrado producen un cuadrado interior, el quinto elemento. Los triángulos con sus diagonales establecen el efecto visual de rotación, de movimiento. Con la experiencia de Mondrian, Torres García y Joseph Albers en mente, Kleiman activa el cuadrado con el molinete, símbolo del permanente movimiento del universo, de la vida, en una doble vía que une arte y diseño: el diseño como la búsqueda de formas racionales (los esquemas de armonías tonales) que garantizan la eficacia material y simbólica, y el arte como todo aquello que surge de un pensamiento lateral donde la emocionalidad tiene una agencia propia. De este modo, las armonías de color que Kleiman utiliza en estas piezas estáticas y a la vez rotatorias, se basan en las transformaciones dramáticas, las ceremonias habituales que la naturaleza ofrece a sus ojos: el amanecer y la puesta del sol. Ambas escenas cotidianas, comunes y a la vez espectaculares, sorprenden a quien las observa con la evidencia de que la humanidad, es solo una de las partes de un todo.
María José Herrera
Marzo 2026
[1] Fundado en 1896 por Antonio Lussich, se encuentra en la llamada Punta Ballena, a 15 km de Punta del Este en el departamento de Maldonado, Uruguay. Reúne cientos de especies exóticas y autóctonas, y es uno de los arboretos artificiales con mayor diversidad de ejemplares.